Mi nombre es García.
Hijo de Ordoño y de Anderquina. Él, leonés, nieto del cuarto rey Alfonso, el Monje. Ella, castellana, noble de la hacienda de Castrojeriz. Mi nombre es García y llevo muerto 900 años. 911, en rigor. Muerto en el castillo de Belinchón y enterrado no recuerdo dónde.
En estos 900 años me han revivido ya unas cuantas veces juglares, dramaturgos, escritores, historiadores... Sé que me reviven para regodearse. Yo soy el ensañudo, el envidioso, el vengativo. Yo soy el que esparce la cizaña, el que envenena la corte, el maniobrero, el canalla. El mal hombre. Me reviven sombrío y tenebroso para que brille limpia, aún más limpia, la luz del de Vivar. El de Vivar, Rodrigo. El íntegro Rodrigo. Caballero honrado, guerrero valeroso, hombre de familia, cristiano devoto... cuántas cosas más. ¡Ah! Icono de Castilla, no se me olvida. Virtuoso castellano, alma de España. Alabado sea el Cid, bienhadado y luchador.
¿Quién soy yo para dudar de tanta honra si hace casi mil años que me corroe la envidia? Diré quién soy. Soy el conde de Nájera, protector de Calahorra, repoblador de Logroño. Aquí tengo la carta del rey, mi señor: gloria de su reino me llama. Diré quién soy. El conde García Ordóñez.
Ni Crespo ni Boquituerto, nunca fui llamado así. Por mis enemigos tampoco. Fui fiel vasallo de mi señor, el rey Alfonso. Armígero real, su alférez, su escudero.
¿Qué crímenes cometí yo? Lo diré: ninguno. No fui yo quien desairó a su señor, quien lo juzgó, quien pretendió humillarlo cuestionando su moral, quien llegó tarde cuando este lo llamó, quien antepuso su ambición a la ambición de un reino mayor. ¿Quién fue, sino Rodrigo Díaz, el culpable de todos esos crímenes?
Alabado sea el Cid, al que todo se le disculpa. Al desleal lo llaman valiente. Al traidor, íntegro. Al desterrado, campeón. Al indisciplinado, modelo de vasallo. ¡Ay! Si tuviera buen señor...
No, no es el rencor lo que avinagra mi boca. No reprocho a Rodrigo que confrontara conmigo en Cabra. Ambos cumplimos el deber de prestar nuestras espadas a los reyes moros, cada uno la suya y cada uno al suyo. No le reprocho que venciera en buena lid. Ni tan siquiera que me retuviera tres días cautivo. Le reprocho que mesara mis barbas. El gesto obsceno, la vileza, la degradación. ¿Qué nobleza puede hallarse en quien arranca el pelo de su adversario para humillarlo sin necesidad? Pregunto al Cid y os pregunto hoy a vosotros: ¿qué crímenes cometí yo? Ninguno. No hay crimen en ser leal a quien te aupó. Y no es cierto que antes que al rey haya que ser uno mismo leal a sí mismo. No, no, no hay honor en contemplarse fatuo frente al espejo; lo que hay es vanidad y soberbia. La lealtad, o es ciega o no se llama lealtad. ¿Qué honor puede haber en desdeñar a un rey haciéndole jurar que su corona no está bañada en la sangre de su hermano? Muéstrenme una corona limpia y yo mismo escribiré un poema. Hasta entonces, no esperen que aplauda yo al felón. No esperen que aplauda yo a ese Cid que ha hecho de Valencia su taifa. No es el honor lo que le mueve, es la riqueza.
¿Quién secundó al rey en la conquista de Toledo? Pregúntenle a don Pedro Ansúrez, a Martín Flaínez, a Álvar Fáñez: “¡El de Nájera!”, les dirán los tres. El de Nájera, que soy yo.
¿Quién instruyó en la guerra al infante Sancho Alfonso? ¿Quién cabalgó a su lado en Uclés? ¿Acaso no fui yo quien, abatida la montura del niño, lo protegió con su cuerpo hasta ser alcanzado el mismo por la espada de un almorávide? De un tajo me dejó sin pie y de otro tajo fui muerto, mientras todos los demás huían.
¿Qué tengo yo de temeroso? ¿De amilanado? ¿O de soberbio?
¿Qué le hice yo, me pregunto, a Menéndez Pidal? A la hombría y la nobleza de Arturo Pérez-Reverte apelo, para ser yo, y no Rodrigo, el héroe de su próxima novela.
Mi nombre es García Ordóñez, conde de Nájera, protector de Calahorra, repoblador de Logroño. Soy el reverso de Sidi. O mejor, soy el anverso, si el novelista me tiene a bien considerar.
Más de uno - Carlos Ansina






